Nuestro barrio es Maricarmen

Nuestro barrio es Maricarmen

Maricarmen era nuestra vecina. Compraba en nuestros comercios, saludaba por su nombre a los tenderos y en su bloque de Alcalde Sáinz de Baranda han crecido familias que coincidieron con las nuestras en el colegio. Vivió en esa casa casi setenta años. El miércoles 7 de octubre murió en el Hospital Gregorio Marañón, donde estaba ingresada desde el 23 de septiembre, el día en que la sacaron de ella a la fuerza.

Hace un año, ante el primer intento de desahucio, el Sindicato de Inquilinas nos pidió apoyo como asociación vecinal. Desde entonces estuvimos, junto con otras asociaciones del barrio y del distrito, en cada una de las convocatorias. En junio empezamos a visitarla. Lo que empezó como una visita se convirtió en un acompañamiento casi diario: prepararle el desayuno, guisarle, levantarla de la siesta, acostarla por la noche, lo que hiciera falta. En las fiestas le hicimos un pequeño homenaje con un ramo de flores, del barrio a una de sus vecinas. Mientras que el pregonero se acercó a darle un abrazo, ni la concejala presidenta del distrito ni nadie de su equipo se acercaron a saludarla. Ni una palabra.

Estos meses la vimos perder fuerzas. Al empezar el verano todavía podía levantarse sola de la siesta. En agosto ya no podía, y si no había nadie para ayudarla, no había siesta. Mientras tanto, las negociaciones con la propiedad no avanzaban: llamadas sin respuesta, largas, y el 23 de septiembre cada vez más cerca. Su familia envió al juzgado toda la documentación que pudo reunir sobre su grado de discapacidad y dependencia. Pero oficialmente solo tenía reconocido, desde hacía años, un 50%, porque esos reconocimientos llegan tarde, cuando llegan.

Teníamos la esperanza de que la presión vecinal frenara el desahucio, de que entre todas pudiéramos impedirlo. Pero el 23 de septiembre vinieron a echarla, a pesar de sus 87 años, de toda una vida en esa casa y de su deseo, tantas veces repetido, de morir en ella. Esa misma noche, en el hospital, seguía pidiendo volver a casa. A una casa de la que todavía guardábamos unas llaves que ya no abrían.

Días después, con miles de personas en la calle en todo el país, la propiedad aceptó un nuevo contrato que le habría permitido volver. Lo que durante meses había sido imposible se resolvió en una semana. Llegó tarde: Maricarmen no volvió a pisar su casa, porque su condición era ya demasiado frágil.

Sentimos rabia. Rabia y frustración, porque a esto no se tenía que haber llegado. Lo repetimos: se podía haber evitado. No podemos separar el rápido deterioro de Maricarmen de la presión que soportó durante más de un año. ¿Por qué un acuerdo que no era posible antes del desahucio lo fue después? ¿Qué protección tiene una mujer de 87 años, dependiente, cuando su casa es para otros un activo? ¿Cuántas vecinas y vecinos mayores de nuestros barrios viven hoy con la misma amenaza encima? ¿Qué ciudad estamos construyendo si no permite a quienes la levantaron envejecer en ella?

Desde la Asociación Vecinal Retiro Norte enviamos todo nuestro cariño a su familia y a todas las personas que la acompañaron estos meses. Seguiremos defendiendo que nuestras vecinas y vecinos puedan vivir, envejecer y morir en sus casas y en su barrio. Sabemos que no estamos sol@s.

Maricarmen se queda en el barrio. Aunque estas llaves ya no sirvan.



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